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Esta semana se conjuntan dos fechas representativas para la innovación y el desarrollo médico científico en México. Por un lado, por primera vez desde hace casi dos años, el semáforo epidemiológico de covid-19 en nuestro país está por primera vez en color verde para todos los estados de la República mexicana. Esto solo ha sido posible gracias a la innovación y a la colaboración sin precedentes entre diversos sectores y personas de todo el mundo dispuestas a proteger nuestra salud.

Desde que comenzó la pandemia las empresas asociadas a la AMIIF sabían la enorme responsabilidad que tenían sobre sus hombros: Teníamos que encontrar una respuesta a la epidemia de enfermedad generada por el virus SARS-CoV-2 y al mismo tiempo no descuidar a ningún paciente que viviera con algún otro padecimiento. Hoy, 724 días después de que el Consejo de Salubridad General declarara la emergencia sanitaria en México tenemos siete vacunas contra la covid-19 autorizadas para su uso de emergencia en México y por lo menos cuatro tratamientos. Dos de ellos autorizados a inicios de 2022. Al mirar hacia atrás, resulta fácil pensar que se trata de una trayectoria sin desviaciones, en la que cada paso es una consecuencia inevitable del anterior, en la que cada nueva clase de medicamentos estaba predestinada a existir. Pero no es así: la innovación sigue una ruta sinuosa, entre ensayos y errores, que no es lo mismo que explorar a tumbos, sino progresar a través de la evidencia.

La segunda fecha que converge esta semana es el 72 aniversario de la AMIIF. Cuando, en 1950, fue fundada la Asociación de Productores e Importadores de Artículos Medicinales –que en 1994 cambió su nombre a Asociación Mexicana de Industrias de Investigación Farmacéutica (AMIIF)–, el panorama de la salud en México era muy diferente. La esperanza de vida rondaba los 48 años. El 56% de las defunciones –78% entre los niños– eran ocasionadas por enfermedades infecciosas como la neumonía, la gastroenteritis, el tifus o el sarampión. Pero en ese año un gran cambio, impulsado por dos innovaciones farmacéuticas, ya estaba en marcha. Gracias a las vacunas, enfermedades como la tos ferina, el sarampión y la viruela –que aún en 1950 fueron la causa del 6% de muertes en niños– fueron eliminadas o erradicadas a través de los años. Los antibióticos, por su parte, pusieron fin a una era en la cual no existían herramientas para tratar infecciones que acechaban en el aire y el agua, y cuyo desenlace, a menudo fatal, dependía de un sistema inmunológico en buen estado. En 1940, el 1.1% del total de defunciones en México fueron causadas por infecciones bacterianas controlables con penicilina, específicamente sífilis y difteria. Para 1950 constituyeron el 0.6%, y en 1960 apenas el 0.3%.

En las siete décadas siguientes, los efectos de estas innovaciones, aunados a la expansión de los servicios sanitarios y hospitalarios, hicieron posible un dramático aumento de la esperanza de vida promedio en México: hoy se sitúa en 75 años, 28 más que en 1950. Se estima que las vacunas y los antibióticos son por sí solos responsables de 20 años de aumento en la esperanza de vida a nivel mundial.

Estas dos fechas muestran vívidamente que la innovación es a la vez un proceso y un resultado. Un proceso que involucra a cientos de miles de seres humanos, trabajando en distintos momentos y lugares – a veces, simultáneamente–, cuyo trabajo está conectado en formas que no siempre son evidentes. Al final y al principio de ese proceso están las personas cuyas necesidades dan sentido de ser a la innovación. El bienestar y la calidad de vida de las personas son el faro que guía la ruta de la innovación farmacéutica.

Publicado previamente en El Sol de México

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